Tengo una postal que me regaló Helena cuando partí de Hamburgo que, entre muchas cosas bellas, dice «ahí nos encontramos: en las corrientes y las olas donde el tiempo se deshace, donde el tiempo reclama su derecho de ser relativo.»
La primera vez que vi una película de Helena viajamos todas juntas a Kassel para ver Drift. Volvimos esa misma noche. Los recuerdos de ese día aún están prístinos en mi mente. Recuerdo que no pagamos el pasaje de bus desde la estación al centro. Recuerdo el reflejo de los árboles sobre el agua plateada del canal. Recuerdo la luz diáfana en los pasillos vacíos de la universidad, recuerdo un café en una esquina, recuerdo que buscaban camarera. Por la tarde entramos al cine. Recuerdo estar sentada en la sala y que el tiempo comience a deformarse con una ola, luego con otra; recuerdo el vaivén de mí cuerpo sincopado con la imagen. Creo que volví a tierra en el tren que nos llevaba de vuelta a Hamburgo, íbamos sentadas en asientos enfrentados, maní y tabletas de chocolate con coco sobre las mesas. El reflejo de las luces del tren flotaba contra el vidrio sobre el paisaje alemán que no mirábamos. Creo que lo que me dejó muda fue aquella marca tan precisa que fue la imagen de la luna, entre las olas. Creo que he tardado años en rodear ese momento con las suficientes palabras que me ayuden a entender y a expresar qué pasó ahí.
Porque el tiempo de hecho se deshace a tal nivel de inmersión, al menos en manos de Helena lo hace. Un barco flota sobre la superficie, una cámara registra. Allí se imprimen infinitas líneas que al desplegarse en paralelas simultaneidades es como si cobrase, sí, su cualidad de relativo, el tiempo. Relativo también significa que se piensa «en relación a», y es por tanto siempre cambiante. Entonces ahí la veo a Helena, también prístina, vinculando, tendiendo enlaces o registrando las líneas que entre los pliegues ella ve con claridad, y que se imprimen también con claridad en sus películas.
Sucede que no son cosas aisladas la capacidad de leer qué sucede en el desdoblamiento de una ola, y la capacidad de entender a media lengua lo que entre las palabras se encuentra. Pienso que además es necesario un coraje particular para encontrarle a aquello un lugar en el cine, prescindiendo en justa medida de lo narrativo para experimentar el tiempo, y acentuarlo con marcas tales como una luna creciente y el sonido de las cuerdas de un violín. Sabemos que la construcción del espacio y el tiempo en el cine es un tándem frágil y precioso que a fin de cuentas es donde yace una de las libertades más profundas del cine: podemos crear una sensación, a diferencia de representar el mundo. En una inmensidad resplandeciente –aire salado– ella aparece como una gran lectora de líneas sutiles que se pueden seguir y que terminan haciendo películas. O una mirada, amistad, movimiento y belleza.
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Texto encargado para el libro ¿Dónde está el azul? que acompañó la retrospectiva de Helena Wittmann en el festival Jóvenes Realizadores de Granada.
